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De lo efímero: música y danza

Dentro de los artes efímeros se encuentran la música y la danza, las cuales por su naturaleza comparten muchas similitudes contextuales. Ambas se aprenden desde temprana edad, se entrenan a lo largo de la vida y se desarrollan durante la vida adulta. De la música y los intérpretes conocemos muchos de sus parámetros, no así la danza que no ha sido estudiada tan profundamente desde la neurociencia aunque se han realizado estudios y revisiones muy exhaustivas y brillantes. La danza es un arte escénico y requiere del bailarín un conjunto de habilidades para llegar a producir un virtuosismo físico al igual que el músico. Particularmente, este virtuosismo engloba fuerza, flexibilidad, equilibrio, coordinación de las extremidades y control motor grueso y fino junto con la inclusión de los elementos estéticos, afectivos, comunicativos y sociales que hacen de la danza un hecho artístico. Además, los bailarines tienen que tener en cuenta un factor fundamental, la música ya que para ejecutar los movimientos deben de engarzarlos en secuencias de tiempo determinadas.


Cuando bailan juntos, los bailarines también deben permanecer conscientes de los movimientos de otros bailarines mientras se mueven en sincronía o ejecutan movimientos cronometrados específicamente en respuesta a otros bailarines. También desarrollan una profunda consciencia corpórea, a esto se le denomina propiocepción o cinestesia.



Es un concepto que nuestro grupo ha estudiado en música a través de las sensaciones básicas de los intérpretes musicales en la interpretación de diferentes estilos. En la danza, como en la música, la cinestesia de la corporeidad es determinante ya que implica el factor de movimiento, su coordinación individual y grupal, y desarrollo en la interpretación del baile. Por lo tanto, el baile efectivo requiere altos niveles de funcionamiento en varios dominios cognitivos diferentes tal como hemos visto, desde el motor, el sensoriomotor y el emocional entre otros. De hecho, investigaciones recientes han demostrado que, en comparación con los no bailarines, los bailarines muestran habilidades cognitivas mejoradas, así como cambios cerebrales estructurales y funcionales distintos que respaldan estas habilidades (Bläsing et al., 2012; Burzynska et al., 2017). Con respecto a la edad de inicio al igual que en la música es crucial, las mejoras que produce la práctica comienzan desde edades tempranas aunque como en la música los beneficios independientemente de la edad siempre van a producirse. En esta línea, se ha demostrado que el entrenamiento de la danza en una etapa temprana de la vida mejora el desarrollo motor y mejora el equilibrio, el control y la alineación postural, el rango de movimiento, las habilidades motoras finas y la planificación y secuenciación del movimiento, conocido como praxis (Golomer et al., 1999; Rein et al., 2011; Bläsing et al., 2012; Sirois-Leclerc et al., 2017; de Vasconcellos Corrêa Dos Anjos y Ferraro, 2018). También, los bailarines muestran una excelente memoria para secuencias de movimientos motores complejos (Stevens et al., 2019), una habilidad que es inherente al entrenamiento de la danza y refleja un mejor desempeño en el aprendizaje y la memoria. Además, en comparación con los no bailarines, los bailarines demuestran una mayor capacidad para rotar imágenes mentalmente (Bonny et al., 2017), una tarea que depende de las habilidades de procesamiento espacial. Finalmente, un trabajo reciente en adultos mayores ha encontrado que la danza mejora el funcionamiento ejecutivo dependiente de la corteza prefrontal en áreas que incluyen la planificación, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva (Kosmat y Vranic, 2017; Noguera et al., 2020). En conclusión, a través del entrenamiento de danza se producen mejoras y beneficios indiscutibles desde el campo del conocimiento de la neurociencia. Entonces, ¿bailamos?.



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